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No la juzgue, comprenda (Parte 2)

Por Maricelis Guedez

En el pasado post les decía que a veces resulta importante distinguir entre experiencias, preferencias y valores. Las EXPERIENCIAS son situaciones por las que hemos atravesado, las PREFERENCIAS son opciones que escogemos como deseables y preferibles para nosotros, y los VALORES son cualidades ideales que en algún momento tomamos la decisión de mantener.

Si nuestra pareja nos confiesa, o nos comenta algo que nos desagrada (puede ser una fantasía, un deseo, una experiencia) antes de salir corriendo, horrorizarnos o juzgarla, podríamos quizás intentar otras cosas.

Nos puede resultar útil analizar si lo que nos ha contado refleja sus experiencias, sus preferencias o sus valores. En un mundo ideal los valores de una pareja deben ser profundamente similares, deben estar jerarquizados en forma parecida. Los que no sean similares tampoco deben ser incompatibles entre sí. Si los valores de tu pareja son diametralmente opuestos e incompatibles a los suyos es altamente probable que surjan inconvenientes, considera la opción de asistir a terapia de pareja, quizás algunos valores pueden ser replanteados, quizás tú y tu pareja necesiten llegar a nuevos acuerdos que posibiliten la convivencia o en última instancia quizás necesites buscar una pareja nueva. Pero por el bien de tu sexualidad y de la de tu pareja actual, no juzgues lo que tu pareja te confíe.

Entrando al terreno de las preferencias, las preferencias no deben ser necesariamente idénticas, pero sí deben ser compatibles. Si usted (heterosexual) tiene como pareja a una persona homosexual, tendremos allí un obstáculo latente en el terreno de las preferencias a nivel sexual específicamente.

A diferencias de los valores que no suelen poderse negociar, la ventaja con las preferencias es que a mayor o menor grado de compatibilidad miles de escenarios son negociables y miles de situaciones pueden adaptarse y mejorar con el tiempo. Ej. Puede ser que uno de los miembros de la pareja sea un tanto exhibicionista y le agrade hacer el amor frente a la ventana, o en la azotea, quizás usted se sienta cohibido con eso, pero es posible que negocien un encuentro sexual frente a la ventana durante la madrugada (cuando es menos probable ser visto), y poco a poco vayan negociando mecanismos de satisfacción. Como este, hay miles de ejemplos.

Sin embargo, hay preferencias que quizá no puedan negociarse. Por motivos personales, porque estén vinculadas a creencias más o menos fijas que el individuo posee.  Si nos encontramos en esta situación será necesario respetar la negativa de nuestra pareja y evitar descalificarla. El respeto a los deseos del otro es algo que no podemos dejar de lado. Si somos nosotros quienes nos negamos a una actividad que nuestra pareja desea, comunicarlo respetuosamente pero con firmeza es la clave. Conversar sobre el tema en un contexto no sexual puede ayudarnos mucho.

Es útil que nos enfoquemos en lo que es terreno común, lo que produce placer a ambos, y ver si podemos continuar la relación de pareja y hacer crecer la intimidad desde allí. Puede ocurrir que lo que consideramos vital para nuestra satisfacción sexual con el tiempo ya no lo sea tanto.

Respecto a las experiencias podemos recordar lo siguiente: Las personas no somos lo que hacemos, somos lo que hemos aprendido. En general las experiencias sexuales previas que nuestra pareja haya tenido no deberían convertirse en un obstáculo si estamos alineados en valores y con preferencias afines. Sin embargo, esta aceptación requiere un ejercicio de apertura mental que puede llegar a resultar duro.

Esto es especialmente frecuente cuando nuestra pareja nos confiesa alguna experiencia pasada en torno a un tema tabú (como haber participado en un trío, o haber tenido experiencias homosexuales). En este caso, debemos tener en cuenta que los seres humanos somos individuos de hábitos. Muy especialmente en la sexualidad son los hábitos y no las experiencias, los que definen quienes somos. Dicho de otro modo: Una experiencia homosexual NO nos convierte en homosexuales para siempre (mucho menos aún si esta tuvo lugar en la adolescencia o niñez), participar en un trío o alguna otra experiencia sexual grupal no nos convierte ni en promiscuos permanentes ni en personas incapaces de mantenernos satisfactoriamente en una relación monógama.

En contextos o situaciones que nos confronten, es importante tener en cuenta que si gozamos de afinidad en cuanto a valores y sentido de la relación, si nuestra pareja nos satisface aquí y ahora, cualquier experiencia anterior la ha preparado para el presente que está compartiendo con nosotros.

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