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Adicta al sexo

Llegó a tener 100 encuentros sexuales en un solo mes y no es capaz de recordar el nombre de todos sus compañeros sexuales, algunos de una sola noche, ¿cuál es el límite entre apetito sexual y trastorno?

Digamos que su nombre es Betzabé Gutiérrez, tiene 26 años de edad. Es administradora de empresas, egresada de la Universidad de Colima, y trabaja justamente en el área financiera de una dependencia de gobierno.

No le gusta el mote de ninfómana, no se considera una, pero asegura que disfruta muchísimo el sexo y acepta que tener relaciones sexuales se ha convertido en una adicción que no puede frenar.

Su primera vez fue cuando tenía 14 años, casi 15, con el hombre que más tarde sería el padre de sus hijos.

“Desde que lo probé no he podido parar – asegura la joven alta y de ojos pequeños —  lo hacíamos cinco veces al día, pero más por lo que yo le pedía a mi novio que por lo que él quisiera… o pudiera”.

Durante su adolescencia jugaba competencias con sus amigas a ver quién podía tener sexo más veces. Ella siempre ganaba. Recuerda orgullosa que en un mes llegó a tener hasta 100 encuentros, todos placenteros y todos deseados. Sonríe mientras lo cuenta.

Y es que para ella, la emoción que le provoca el contacto de los cuerpos no tiene comparación con nada que exista en la Tierra.

Alcanzar el orgasmo es muy sencillo para Betzabé, incluso tener múltiples orgasmos en un mismo acto es parte de su vida cotidiana.

“Yo puedo tener un orgasmo tan solo con imaginarlo” – acepta orgullosa, para nada es algo que le disguste.

El momento del clímax sexual, es para la chica casi una experiencia religiosa.

“Me han dicho que se me voltean los ojos y me convierto en otra. Que se ve que lo disfruto demasiado, como nadie. Para mí es como que si el alma saliera de mi cuerpo”.

Estas actitudes, producto de la mezcla del deseo con el impulso, el placer con la ansiedad y la tentación contra la moralidad se ven traducidos en algo que va más allá de la libido intensa y frecuente, un trastorno conocido como hipersexualidad o adicción al sexo.

En el caso de las mujeres se aplica el término ninfomanía, y para los hombres la palabra correcta es satiriasis.

A principios del siglo XX se le llamaba ninfómanas a aquellas mujeres que se masturbaban o sentían más deseo que sus maridos.

En la actualidad se les llama así a las mujeres que sienten deseos compulsivos de tener relaciones sexuales o de masturbarse sin sentirse completamente satisfechas.

Se calcula que entre el 2% y el 6% de las féminas padecen esta patología.

En los últimos años surgió un debate acerca de las características reales de un sexo-adicto. Algunos sexólogos reconocidos, como el mexicano Alejandro Mendoza Ávila, aseguran que la hipersexualidad no debe ser confundida con un alto nivel de deseo y de temperamento que pueden experimentar algunas personas.

Algunos de los síntomas claros que han sido definidos por los expertos para saber que la normalidad ha quedado rebasada y se trata de un caso de ninfomanía, son los siguientes:

  • Necesidad incontrolable de sexo, masturbación o pornografía.
  • Frecuente estimulación genital.
  • Libido muy activa que lleva a acudir frecuentemente a prostíbulos, comprar artículos pornográficos, realizar llamadas a líneas eróticas o mantener relaciones sexuales con desconocidos.

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Los riesgos del placer

Betzabé tenía 20 años cuando decidió tener un bebé. En el momento que se dio cuenta que estaba embarazada, se casó con el que había sido su novio por varios años y comenzaron a vivir juntos.

Su primer hijo nació, y poco tiempo después el segundo.

A la vista de todos, la suya era una vida normal: madre, trabajadora, buena esposa; quizá lo único que saltaba un poco era su afición a hablar de sexo, era como si todas las conversaciones con ella terminaran en ese tema.

“No puedo hablar con una persona sin pensar que me puedo tener sexo con él” – revela sin una pizca de pena.

Sin embargo, la realidad era un poco distinta. La rutina sexual de Betzabé se repetía cada vez que era su día para salir de casa y divertirse: tenía sexo con su marido antes de irse, conquistaba a uno o dos hombres en bares o antros y tenía sexo con ellos y al regresar a su hogar volvía a tener relaciones con su esposo. Aun así, no quedaba satisfecha.

“Yo veía en algunos lugares a algún hombre que me gustaba, y lo sentía, yo decía con este quiero tener sexo, e iba y le decía: quiero coger contigo, y pues se sacaban de onda, se frikeaban, porque no están acostumbrados a que la mujer sea la que proponga – relata la joven –. Algunos querían comenzar a platicar conmigo, y yo les decía, no, a mí no me interesas, yo no quiero platicar, yo vine nomás a tener sexo contigo”.

Betzabé cuenta que muchos de sus compañeros sexuales tenían problemas con su erección, por la sorpresa que les causaba la propuesta, “yo les decía, no pues no te azotes, no te preocupes, será para la otra”.

Calcula haber estado en la intimidad con 30 hombres, “a mí no me parece nada extraordinario. Es mi vida y la disfruto” – agrega. De algunos no recuerda ni siquiera el nombre.

Ni principios, ni valores

“No beso, no hago sexo oral y lo mejor de todo… no cobro” relata Betzabé mientras ríe a carcajadas. Pero no miente, esas son las reglas que se impuso a sí misma y a sus compañeros sexuales.

El lugar era lo de menos, para consumar la pasión bastaba una brecha, el campo, el auto, o en el mejor de los casos, un motel.

Las practicas tampoco importaban: tríos con dos hombres, con un hombre y una mujer, sado masoquismo, podían ser diversas; pero jamás besos, jamás sexo oral, jamás sexo anal y jamás aceptar dinero a cambio del encuentro.

Llego un momento en que, ante los ojos de su madre, no fue posible ocultar una relación que tenía con un compañero de su trabajo, y terminó confesándoselo.

“Mi mamá se admiró y como que me quiso decir que no estaba bien – recuerda – pero yo le dije que no era la primera vez, que le había sido infiel a mi esposo en muchas ocasiones, y ella me respondió: Estás enferma Betzabé, eso no es normal”.

La infidelidad siguió, hasta que ella decidió que no podía seguir así con su matrimonio.

“Solo buscaría maneras para ocultarme, porque realmente no voy a cambiar”. Se separó de su marido y ahora está en proceso de divorcio.

La mujer se pone de pie para ver como están sus hijos en la habitación, por debajo de su blusa negra de tirantes se alcanza a distinguir la parte final de un tatuaje.

“No tengo principios morales ni valores – acepta cuando regresa y comprueba que siguen durmiendo—pero soy muy feliz y es mi vida, y así me gusta vivir”.

El mejor tratamiento para superar la ninfomanía es la psicoterapia, ya que con la asesoría de un especialista se puede determinar la causa del trastorno y sus posibles remedios.

También existen grupos de autoayuda, en donde los hipersexuales pueden encontrar apoyo de gente que padece el mismo problema.

–¿Y qué tatuaje es el que tienes en la espalda?—atino a preguntar.

–Son unas alas de hada, de ninfa. No lo muestro nunca, solo se ve cuando estoy desnuda. Me gusta que cuando tengo sexo con una persona ese sea el extra, que recuerden que estuvieron con la chica de las alas.

–¿Y alguien te ha complacido realmente?

–Han sido buenos, algunos muy buenos, pero realmente no me he encontrado uno que me tope, un cabrón como yo, quisiera encontrármelo porque hasta el momento no han dado el ancho.

*Versión completa de un reportaje publicado en la revista de investigación periodística ReporteAF, en el año 2013. Derechos Reservados del Autor.

**Los nombres de manejados en esta historia son ficticios, a petición de la entrevistada.

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